viernes, 30 de noviembre de 2012

Sincronías


             
     Óleo de Jack Vettriano
                
Me gusta ir a los bares, a veces con un libro, siempre con un anotador y mi birome favorita. Tiendo a ubicarme cerca de una ventana y me di cuenta de que el pocillo de café termina siendo una excusa. En los bares escribo, reflexiono, escucho conversaciones que propician comienzos de historias. También me evado, rescato sueños y veo en qué puedo convertirlos. Y aquí estoy, con el anotador abierto y en blanco, un codo apoyado en la mesa, la mano en el mentón, mirando por la ventana. Todavía las ideas no están dispuestas a surgir. Me canso de ver el segmento celeste que asoma entre dos torres y al arbolito raquítico que trata de estirarse hacia el sol; cambio de punto de vista y miro hacia el interior del bar.
En una mesa diagonal a mí está Gabriel, veinte años después. La birome se pone activa y escribo “encuentro sincrónico”. Y ante el trazo azul la hoja tiembla de gratitud. ¿O es mi mano?
La noche anterior tuve un sueño insólito y el protagonista era precisamente Gabriel. El Gabriel que nunca más había vuelto a encontrar, veinte años más viejo, tan parecido al que está leyendo el diario en este mismo barcito. Mi sueño, ambiguo reflejo de mis paisajes interiores, no tenía ni pies ni cabeza. De la trama sólo recuerdo la imagen de una calle tumultuosa, por la que avanzaba hacia mí la alta figura de Gabriel, las manos esposadas y custodiado por un policía. Quise acercarme, pero mis pies quedaron adheridos al piso, mientras él se alejaba sin caminar. Cosas que pasan en los sueños. 
Le grité: ¿necesitás ayuda? Y él, volteando la cabeza de plata y con esos ojos de cerveza rubia, me dijo: llamalo al doctor Puig, al doctor Puig, repitió.
Eso es todo lo que me acuerdo. Y ahora no puedo evitar mirarlo y rememorar lo que no quiero. Yo lo había dejado, en ese bodegón al que solíamos ir sólo porque tenía mesas de madera y no de fórmica. Fui cruel a sabiendas para respaldar mi determinación, a pesar de que por dentro era como un cántaro roto que chorreaba dolor. En aquella época tenía algunos pajarracos en mi cabeza que, incesantes, me picoteaban haciendo trizas mis mejores intenciones. Terminante, le había dicho: me voy con Luis, ya es hora de abandonar las pendejadas y vivir como bohemios. Así lo hice y pagué las consecuencias.
Observo a este Gabriel envejecido y una ternura que hace mucho dejé de sentir, me cobija en un tibio abrazo. Él dobla el diario y mira en mi dirección. Su cara queda inmutable. No me reconoce o simplemente no hubo perdón para mí. Sigo un impulso descabellado y me acerco a su mesa.
—Hola Gabriel ¿te acordás de mí? Soy Analía.
Él me observa, con la frente fruncida del que trata de exprimir alguna cara de la memoria. Después sonríe.
—Debe haber algún error, porque no me llamo Gabriel.
—¿No sos Gabriel Costas? —apenas consigo formular las palabras y mis mejillas son un incendio bochornoso.
—No, lo siento, mi nombre es Alfredo —su sonrisa es cálida y alentadora. Pone su mano en el interior del saco y me extiende una tarjeta. Hace un gesto para que me siente.
En la tarjeta, en una elegante cursiva negra, está escrito:

                            Doctor Alfredo Puig, abogado



©  Mirella S.   — 2011 —



Vine a explorar el naufragio
Las palabras son propósitos.
Las palabras son mapas.
Vine a verificar el daño
y a ver los tesoros que permanecen.

Adrienne Rich


    martes, 27 de noviembre de 2012

    Budapest

    Foto de André Kertész: "Budapest,1914"


    Mi sombra me precede, como si quisiera mostrarme el camino. La veo, delante de mí, más baja (o está encorvada). Esa proyección tenebrosa en la pared soy yo, con mi sombrero y mi gabán, los puños ocultos en los bolsillos. Sigo sus pasos atormentados, con la luz que ciñe mis espaldas, una luz escrupulosa para definir la miseria del lugar. 
    Me pregunto por qué mi propia sombra me arrastró hacia esta casa cuarteada por el tiempo y la pobreza, que termina en una encrucijada furtiva. 
    Nuestros pasos son lentos, pareciera que nunca van a conducirnos hasta las ventanas, casi al ras del suelo, con cortinas que velan algo de luz y pueden guardar tanto tibiezas como atrocidades. ¿Dónde me lleva, dónde quiere que vaya si apenas nos movemos? Este transitar pausado siguiendo a mi sombra, me desconcierta y me veo envuelto en un juego macabro de sombras chinescas y de pronto soy una sombra que sigue a otra sombra, dos siluetas espectrales proyectadas en la pared vieja, de un barrio lejano, y si en algún momento llegamos a la esquina, donde los edificios se borronean en la negrura sin identidad, allí, desaparecido el farol, seremos uno solo: yo sin mi sombra o la sombra sin mí, vagando por Budapest.
    

    Hay un hombre que me sigue por una calle miserable que desconozco. 
    Es una noche nublada, con un único farol que, a nuestras espaldas, alumbra lo necesario. La luz da de lleno en la pared cenicienta de una casa, sobre la que destacamos el hombre y yo como si fuera una pantalla. Él es más alto (o quizás estoy encorvado) y nuestras figuras se revelan en esa pared tosca, con manchas de humedad que suben desde los cimientos. 
    Nuestro caminar es despacioso, los pies nos pesan y nos resulta difícil despegarlos de la vereda sucia, con el borde pespunteado de adoquines. Estamos a unos metros de la esquina, pero antes deberemos pasar junto a dos ventanitas, abiertas a una altura inconveniente, como si las habitaciones no estuvieran al mismo nivel de la calle. 
    En mi nuca percibo la respiración anhelante del hombre, que me buscó por toda la ciudad hasta encontrarme en este escenario absurdo. Y ahora se pega detrás de mí con su aliento frío, de muerto en vida. Cuando pasemos por los ventanucos y doblemos en la esquina, el farol ya no iluminará, la oscuridad de este suburbio extranjero nos engullirá de un solo mordisco.




    ©  Mirella S.   — 2011 —



    Este relato surgió a partir de la foto de André Kertész
    y fue uno de los primeros que publiqué en el blog.