miércoles, 5 de diciembre de 2012

La búsqueda




Recorre las calles y observa. Aún no encontró esas palabras, las palabras que exclusivamente le hablan a él. Paredes, portones, incluso las cortinas metálicas de los negocios sólo ofrecen su desnudez, las chorreaduras del polvo lavado por las lluvias, a lo sumo jeroglíficos incomprensibles, iniciales y firuletes hechos con aerosol o aquellos graffiti escritos con fibras, que terminan por diluirse junto a la mugre. 
De tanto en tanto aparece el contorno de algún corazón solitario, sin la flecha que lo parta en dos (vamos, eso se dibujaba en otras épocas, cuando el amor dolía más; pero él sabe que es una afirmación falsa: el amor siempre duele en algún momento. Qué absurdo, cómo puede opinar si nunca estuvo enamorado, ni siquiera está seguro si esos desgarros internos que alguna vez experimentó tengan que ver con el amor. El amor verdadero —se lo dice como quien repite el texto de una lección—, si es verdadero, no tiene que doler, al contrario, da alegría y ensancha por dentro). 
No debe perderse en digresiones, únicamente quiere encontrar la breve frase destinada para él. Si no la encuentra seguirá arrebujándose en el nido de incertidumbre en el que vive desde que tiene memoria.
Una noche, en un sueño sigiloso, él iba por una calle  escasamente alumbrada y se arrastraba, como uno se arrastra en ciertos sueños, con lentitud y desgano, cerca de un paredón lleno de graffiti y dibujos. Sus ojos semi-entornados no conseguían ver lo que estaba escrito; sentía cansancio y avanzaba como si flotara. Algo lo alertó y lo detuvo; su mano se extendió durante una eternidad hasta alcanzar esas letras que lo incitaban. Tocó las letras igual que si las estuviera escribiendo. El revoque del paredón era áspero al tacto y le raspaba las yemas, pero continuó en su caricia porque esas tres palabras iban dirigidas a él. Eran tres, el único recuerdo certero que le quedó.   
En la penumbra no podía ver lo que estaba escrito: letras negras en la noche de un sueño, en la calle oscura de un sueño inverosímil, como todos los sueños. Y el observador lúcido que forma parte del soñador, le sugirió que buscara el nombre de la calle para encontrarla en la vigilia. Sus pies se alejaron hacia una esquina ignota, con un farol sumergido en el follaje de un árbol. Vio el cartel y sólo logró leer la primera letra, una “P”. El resto desaparecía en la hondura de la noche.  
Tres palabras olvidadas que eran para él, una “P” y un árbol alto y frondoso en una esquina. Esa ha sido su búsqueda por años, que ahora se alarga a barrios cada vez más ajenos, a suburbios remotos. Como un ladrón de su propio sueño, él persigue aquellas tres palabras para que le despierten el alma.

©  Mirella S.   — 2010 — 




Imágenes sacadas de la Web




7 comentarios:

  1. Qué cosas esconerán las solitarias calles de la noche, cuando sólo nuestros pasos son la música de fondo...Un abrazo.

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    1. Hay tantos misterios por descubrir en el silencio y en nuestros propios pasos...
      Gracias y abrazo

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  2. hay tantos que buscan sus propias palabras, sus recuerdos ... es tanto lo que buscan que se pierden incluso de sí mismos hasta olvidarse de los motivos de la búsqueda... sólo recuerdan que buscan algo y nada más...
    saludos!

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    1. A veces los motivos se pierden de vista y lo único que importa es buscar... algo ¿cierto sentido, tal vez?
      Gracias y saludos

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  3. Cuantos secretos guardan las calles en la oscuridad de la noche. Muy bien escrito.

    un abraxo!

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  4. Curioso, con un par de días de antelación a esta fantástica entrada utilicé el fragmento de las líneas de Alejandra, no encontré forma más bella y cruda de mostrar la soledad del desamor.

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    1. Gracias por tu visita,entré en tu blog con cierto apuro, pero merece hacerlo con detenimiento y así lo haré.
      Saludos

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