martes, 27 de noviembre de 2012

Budapest


Foto  de  André  Kertész  -  Budapest,  1914


Mi sombra me precede, como si quisiera mostrarme el camino. La veo, delante de mí, más baja (o está encorvada). Esa proyección tenebrosa en la pared soy yo, con mi sombrero y mi gabán, los puños ocultos en los bolsillos. Sigo sus pasos atormentados, con la luz que ciñe mis espaldas, una luz escrupulosa para definir la miseria del lugar. 
Me pregunto por qué mi propia sombra me arrastró hacia esta casa cuarteada por el tiempo y la pobreza, que termina en una encrucijada furtiva. 
Nuestros pasos son lentos, pareciera que nunca van a conducirnos hasta las ventanas, casi al ras del suelo, con cortinas que velan algo de luz y pueden guardar tanto tibiezas como atrocidades. ¿Dónde me lleva, dónde quiere que vaya si apenas nos movemos? Este transitar pausado siguiendo a mi sombra, me desconcierta y me veo envuelto en un juego macabro de sombras chinescas y de pronto soy una sombra que sigue a otra sombra, dos siluetas espectrales proyectadas en la pared vieja, de un barrio lejano, y si en algún momento llegamos a la esquina, donde los edificios se borronean en la negrura sin identidad, allí, desaparecido el farol, seremos uno solo: yo sin mi sombra o la sombra sin mí, vagando por Budapest.


Hay un hombre que me sigue por una calle miserable que desconozco. 
Es una noche nublada, con un único farol que, a nuestras espaldas, alumbra lo necesario. La luz da de lleno en la pared cenicienta de una casa, sobre la que destacamos el hombre y yo como si fuera una pantalla. Él es más alto (o quizás estoy encorvado) y nuestras figuras se revelan en esa pared tosca, con manchas de humedad que suben desde los cimientos. 
Nuestro caminar es despacioso, los pies nos pesan y nos resulta difícil despegarlos de la vereda sucia, con el borde pespunteado de adoquines. Estamos a unos metros de la esquina, pero antes deberemos pasar junto a dos ventanitas, abiertas a una altura inconveniente, como si las habitaciones no estuvieran al mismo nivel de la calle. 
En mi nuca percibo la respiración anhelante del hombre, que me buscó por toda la ciudad hasta encontrarme en este escenario absurdo. Y ahora se pega detrás de mí con su aliento frío, de muerto en vida. Cuando pasemos por los ventanucos y doblemos en la esquina, el farol ya no iluminará, la oscuridad de este suburbio extranjero nos engullirá de un solo mordisco.

©  Mirella S.   — 2011 —



Imagen  sacada  de  la  Web




9 comentarios:

  1. Que bien escribes!. Bien logrado y ameno. Te felicito! Un placer pasearme por tu espacio. Pronto vuelvo!

    un abraxo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Marilyn por visitarme y por tu comentario elogioso. Intenté entrar en tu blog, pero se me cuelga la pc. Ya me ha pasado con otras páginas. Espero resolverlo pronto y entonces te haré mi visita.
      Cariñosos saludos

      Eliminar
  2. "Caminar despacioso", "encrucijadas furtivas", "luz escrupulosa", adjetivos precisos y preciosos para adentrarse en el misterio, en una historia que remite como no al Peter Schlemihl de Chamisso, y que de paso es un viaje gratis a una Budapest intrigante, oscura... Seguiré sus escritos con mucho interés.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Mario por tus comentaios. Recién estoy aprendiendo un poco a desenvolverve en este universo de bloggers. Quisiera poder agregarte en los blogs que sigo, por el momento no sé, pero lo haré apenas lo sepa.
      Nuevamente gracias y nos seguiremos encontrando.

      Eliminar
  3. El texto me dio ganas de correr...Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Eso es bueno: correr es un ejercicio saludable...
      Abrazo

      Eliminar
  4. sombra de mi propia sombra
    a veces, tal vez, reflejo


    abrazo*

    ResponderEliminar
  5. sombra de mi propia sombra
    a veces, tal vez, reflejo


    abrazo*

    ResponderEliminar